El Belén interior

"Harán que nos visite una Luz de la altura, a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte y guiar nuestros pasos por el camino de la paz». ( Lc 1, 67-79)

Me acuerdo de la Navidad cuando era niña. El Belén con su río de plata, el firmamento de celofán, la cueva, el ángel, los pastores,  la nieve de harina, la Virgen y el niño....guardábamos las figuritas en una caja, envueltas en papel de periódico. Cuando mi padre bajaba la caja del altillo, significaba que la Navidad estaba cerca. En aquel entonces éramos cuatro hermanos y abríamos cada figurita con la esperanza que nos saliera el niño Jesús, era lo mejor que te podía pasar. En aquel entonces éramos inocentes. La Vírgen o San José también eran buenas opciones. Recuerdo la ilusión de acercar los Reyes Magos, cada día un poco más a la cueva del nacimiento. 

Las Navidades de niña, los primos, el “caga tió”, la carta a los Reyes Magos, mis abuelos, beber cava con una neula, los villancicos, adormilarme en la misa del Gallo....

Esta mañana de 24 de diciembre, miro a mi alrededor y no hay belén, ni árbol, ni guirnaldas como una vez hubo. Este año tampoco tengo intención de encontrarme con la familia. No por acritud, sino por honestidad. Tranquila, en calma, esta noche iré a misa del Gallo, como siempre, hay cosas que no cambian. 

El Belén lo he montado en mi interior: El Sí a la Vida decidido, valiente, humilde y magnífico de una mujer virgen, indómita atenta al mensaje de un Ángel. Un Sí que cambia el curso de la historia para siempre. La templanza de un hombre que la acoge en su misterio. La impecabilidad de un hombre con coraje y sensibilidad suficiente para escuchar en sueños el susurro del Ángel. También está el niño inocente, vulnerable, frágil, un trocito de Cielo hecho carne. Un trocito de Cielo, Sol y Estrellas con una memoria indeleble. No me olvido de los Pastores que en su simpleza también escuchan los mensajes del Ángel. Pastores analfabetos, quizá pero ricos en sabiduría sin palabras. Los Reyes Magos no faltan en mi Belén, hombres sabios, astrólogos que sabían leer las estrellas, los planetas y las constelaciones y no tenían pereza de emprender un larguisimo viaje para adorar a un Dios en pañales. Magos que supieron que en la fragilidad del tierno bebé se manifestaba la magnificencia de Dios.

Una a una voy poniendo las figuritas en mi interior. No me dejo ninguna. Todas me hablan. Las escucho. Es tan rico el diálogo que no necesito más

Oye, y de paso pongo el Árbol de Navidad, que me recuerda los orígenes paganos de la Navidad. La fiesta del Solsticio de Invierno. El reloj puntual y preciso del Universo, sabio en símbolos y mensajes. Voy a adornar el árbol con diminutas luces. Y así recuerdo, no solo estos días, sino cada instante, la eternidad de Dios en mi. La luz, mi esencia.

Sonarán entrañables villancicos, y me sabré inocente en mi niñez eterna. Feliz sin causa alguna. La verdadera felicidad, sin nombres ni apellidos.

Y que más da que la Navidad sea pagana para los que aborrecen la liturgia y la religión. Que más da que la Navidad sea Cristiana para los que se espeluznan ante el paganismo. Qué más da que sea un invento. Que más da que seas budista, animalista, le reces a Alá o todavía esperes la llegada del Mesías. En realidad, que más da.

Desde hace unos días, la Luz gana más espacio a la oscuridad. Es un hecho. Como es afuera es adentro.

Basta que en estos días de ruido y empachos, de encuentros y desencuentros, de brillo y poca luz encontremos un espacio o mejor dicho, nos dejemos encontrar por un instante de gracia en el que recordemos. Solo eso y no hagamos como los vecinos de Belén que ninguno abrió la puerta a la mujer de parto. Este año, este instante de gracia nos permita abrir la puerta de para en par y disponer una mullida cuna en nuestro corazón donde dar nacimiento al niño. 

Habilitemos no solo la cuna sinó el regazo amoroso de una madre donde el niño sueña que es un Divino trocito de Cielo y cuando despierte, de sepa Cristo, uno con el Todo.

 

 

 

 

 

 

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