La gran Epidemia del siglo XXI: Estar ocupado.

” Ayer me quedé en el despacho hasta las once….Vine el domingo a terminar el escrito…Hoy no como, tengo que hacer una demanda…Me he pasado todo el fin de semana en el despacho currando…”.

Cuando ejercía de abogada, en pleno apogeo de los 90 y un buen rato del 2000, se sabía que eras abogado porque tenías un título, figurabas en el listado del Colegio de Abogados, exhibías la típica tarjeta clasicona que te identificaba como tal, un despacho en el meollo del Eixample de Barcelona, faltaría más! Pero se sabía que eras, no solo abogada sino buena abogada si andabas corriendo de aquí por allá por los juzgados con prisa, no tenías tiempo de nada y sobretodo si trabajabas hasta las tantas, fines de semana, festivos y días de guardar. En definitiva, si estabas muy pero que muy ocupado es que eras bueno. Si te sobraba el tiempo y no te quedabas hasta las tantas, no usabas el fin de semana para terminar escritos… muy bueno tampoco debías ser, más bien un vago y un mediocre.

He vivido la fiebre y el orgullo de estar siempre ocupada, y no solo eso, todavía más, estar pre -ocupada. Eso me daba un sello de identidad y sobretodo de prestigio, de solidez profesional y personal. No pares, sigue, sigue. Esta fiebre o epidemia universal ha atacado a la mayoría de la población de lo que se supone que son los países desarrollados. Menudo orgullo.

Suerte que la Vida es sabia y generosa en aprendizajes. Yo con mis embarazos perpetuos, luego los cinco hijos, el divorcio, tirar adelante sola, la búsqueda de mi dignidad en juzgados y comisarías en lugar de buscarla donde debía, hizo que llegara al apogeo, a la cima de la locura. Estar siempre ocupada, en consecuencia, era buena, y no solo eso, excelente. Menuda satisfacción.

Dejé el derecho pero no se me quitó la fiebre. Profesora de yoga, coach, terapeuta, formadora, monta el centro, sostenlo, tira “palante” y no descanses. Esto es señal de que soy buena, buenisima. Con un par.

Hasta que los niveles de fiebre me impidieron caminar, seguir, reír, vivir…. stop! La fiebre se había convertido en adicción, “tengo que trabajar, hacer, seguir, no puedo parar….”, dependencia a la acción, yo soy lo que hago, a pesar de que sé que soy lo que soy. Menuda incoherencia. Y claro, las incoherencias se pagan caras, o sigues y enfermas o paras y pasas el mono, el síndrome de abstinencia de la acción desenfrenada y te centras en ser, solo ser, nada más. Ha sido un largo camino, y sigo caminando como cuando un enfermo después de meses en cama da sus primeros pasos convaleciente.

Normalmente, por no decir siempre, los aprendizajes son muy inconscientes, obedecen a programas tan viejos y ancestrales que ya vivían antes que nosotros. Me atrevería a decir que lo que pensamos que aprendemos, en realidad lo repetimos de quienes nos precedieron, con gran fidelidad y constancia y sobretodo inconsciencia. En cambio, el desaprender ya es otra historia, fruto de la consciencia, del darse cuenta y hacerse cargo de uno mismo, de sus memorias, programas enfermizos, transformarlos o erradicarlos con amor y agradecimiento, no es tarea fácil, pero sí necesaria si uno quiere crecer, ser tan ampliamente como está destinado a ser.

Puedo decir, todavía quizás con voz bajita, que me he curado de la gran Epidemia del siglo XXI: el estar permanentemente ocupado. Soy capaz de tocarme las narices sin sentirá culpable, sin oír una voz que me dice “eres una vaga”. Sigo atenta, por si acaso viene la recaída.

Y tu, ¿ ya te curaste de la epidemia?
 

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