Escucha, recibe, calla


" Que seca está la tierra! Si al menos lloviera …". Este ha sido el mantra de otoño y lamentablemente también de este invierno. Todo está sequisimo, árido, te paseas por el bosque y donde antes había helechos, humedad, musgo ahora ni un atisbo de verde, solo polvo y ni tan siquiera esto, la tierra está tan seca que se ha hecho dura, como una costra. 

Hace unos días llovió un poco, apenas unas gotas que resbalaron por donde podían y encontraban el camino hecho. La tierra, con su tremenda sequedad escupió la lluvia, ni una gota de agua penetró esa capa dura. " Lleva tanto sin llover que esta tierra ha creado una capa impenetrable, todo lo escupe, todo le resbala". 

Dime rara, pero yo soy de las que están convencidas que no hay "un aquí dentro y un allí fuera", que todo lo que pasa más allá de nuestra piel, en realidad no es más que una representación de lo que tenemos dentro, como si fuéramos un antiguo proyector de súper 8 ( quizás los que no sois de mi generación no sabéis ni de lo que hablo), que proyecta en la gran pantalla de la vida su propio rollo interior.  

En fin, ¿para que te digo esto?, muy fácil, para aprender de lo que sucede, ¿de qué me está hablando ahora la tierra con su sequedad, dureza, impenetrabilidad, falta de receptividad? ¿ Qué hay de nosotros en todo esto?. Podría ahora extenderme largo y tendido acerca de la polaridad femenina, la tierra, la polaridad masculina, el cielo con su lluvia, hablar y filosofar acerca de este desequilibrio que ahora se nos muestra, podría escribir mucho sobre esto, pero prefiero fijarme en otro detalle no tan abstracto y quizás más cotidiano y urgente. 

¿ Cuantas veces nosotros somos tan duros e impenetrables como esta tierra ? ¿ Cuantas capas, costras y muros hemos levantado alrededor de nuestro corazón? ¿ Cuan cabezas duras, testarudos, obstinados nos mostramos? Y ¿ qué poco nos abrimos a la escucha silenciosa y receptiva del otro y de la vida.

Hemos construido un pequeño gran reino dentro de las fronteras de nuestra piel, nuestro límite con el exterior y lo defendemos a capa y espada, no sea que " me desmonten el chiringuito y todo aquello en lo que creía se desmorone y yo con ello, entonces ¿ Quien soy yo?. Mejor defiendo lo mío, no lo toco y así vivo cómodo". De esta forma, como la tierra que se vuelve dura, nosotros también, y hemos aprendido a no escuchar, porque escuchar no es lo mismo que oír. Nos hablan y callamos pero en nuestra mente hay un jaleo impresionante, escuchamos al otro y a la vida con el filtro de nuestra propia autobiografía, creencias, prejuicios, dramas, heridas, simplemente oímos al otro como un eco, con la idea de opinar, replicar, interpretar aconsejar según nuestras "gafas". No escuchamos para recibir, comprender, acoger y crecer, lo hacemos para defendernos del ataque de aquello que puede ser nuevo, amenazante y contradiga nuestro pequeño gran reino.  En definitiva, escupimos, no nos dejamos penetrar y el mensaje nos resbala como la lluvia resbalaba estos días en el jardín. 

Esta tierra me ha dado una gran lección y me muestra "mi rollo interno", Touchée! Volverse  blando, manso, humilde, receptivo para así ser fértil, este es el propósito. 

Y tú, ¿ escuchas o oyes?

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